miércoles, 4 de mayo de 2016

Inesperado

Vuelvo a mirar mi Blog y veo que hace poco más de tres meses escribía sobre la teta, en relación a la lactancia.
Entonces era mi ‘máxima‘ preocupación.

Poco más de tres meses después ya no doy el pecho, me he casado y mi padre se está muriendo en el hospital. Lo primero lo intuía, lo segundo lo esperaba pero lo tercero, lo de mi padre nos ha pillado a todos descolocados.

Un giro inesperado, inoportuno e insoportable.

Cada día nos despedimos de él porque no sabemos cuando se irá, cada día recordamos sus anécdotas, cada día lloramos, gritamos y nos lamentamos de la mala suerte que hemos tenido. Nos vamos vaciando de sentimientos y así, vacíos, debemos afrontar nuestra nueva vida sin él.

No pasará un día en el que no estés presente para nosotros.

Te queremos papá.

domingo, 17 de enero de 2016

Mi teta.

Mi teta podría ser catalogada patrimonio de la humanidad. La lactancia materna conlleva ciertas dificultades y muchos retos. Si eres pudorosa tienes dos opciones, o no salir de casa o hacer un esfuerzo por olvidar que estás enseñando una parte de tu cuerpo que muchos consideran obscena y a otros tantos les ofende.

Al final decidí que una teta, a efectos de enseñarla al mundo, no es más que eso, una teta, de la que sale, constantemente, el alimento de mi hijo. También entendí que para mi hijo mi teta no es sólo su alimento, es su alivio, su consuelo y su hogar durante las primeras semanas. Esto lo aprendí antes del parto. Durante el embarazo leí tanto acerca de la lactancia que me parecía increíble que hubiese mamás que no quisieran dar pecho a sus hijos por un aspecto meramente estético. Me informé tantísimo que podría, cual profesional, determinar un problema y establecer su solución para poder "dar teta" satisfactoriamente.

Pero fue cuando nació mi hijo, Andrés, cuando entendí que esa unión perfecta entre mi pecho y mi bebé era vital y preciosa. Era un momento mágico que merecíamos disfrutar en la intimidad. Tan sólo él y yo, nuestro vínculo especial. Y por supuesto, su papá.

Todo esto carece de sentido cuando se te llena la habitación del hospital de gente. Personas que, con la mejor de las intenciones y un cariño excepcional va a visitarte y a conocer a la nueva personita. Familiares, amigos... A la mayoría de ellos les has pedido, durante todo el embarazo, por favor, que no fuesen a visitarte al hospital, para un mayor descanso del bebé y de la mamá, que no era otra que yo misma, y propiciar un ambiente más o menos tranquilo, para que, aquellas primeras horas, fuesen lo más relajadas posibles.
Cuando llegas a casa tienes que apagar el móvil, ante la incrédula mirada de tu pareja, que te tacha de "borde", para poder disfrutar de media hora de paz, o simplemente para poder atender, como puedes entre un miedo y una ansiedad enorme, a esa criatura minúscula que parece que se va a romper de un momento a otro.

Cuando te das cuenta de que, desde el primer momento, nadie te va a hacer ni puñetero caso en tu decisión como madre, es cuando sacas tu teta y piensas "si te molesta, te jodes".

Y aquí seguimos, seis meses después, Andrés, la teta, y yo.
Lactando, colechando, abrazando y disfrutando aunque de vez en cuando te asalten con opiniones que no has pedido y lecciones de maternidad que no necesitas.